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15/10/09 |
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La Historia del cuadro En el mes de mayo de 1976 pinté un cuadro de pequeño formato. Se me ocurrió hacerlo un día que regresé de caminar por el pueblo y nada era ya como antes, yo tenía por aquel entonces 23 años y no alcanzaba a dimensionar lo que realmente estaba ocurriendo en el país. Desde finales del 75 mis amigos y yo estábamos bastante comprometidos con la vida política que existía entonces en Argentina, o al menos eso creíamos, participábamos de debates tratando de encontrar una salida a la difícil situación que se generó después de la muerte del Presidente Perón. María Estela Martínez heredó el gobierno y en la misma medida que perdía poder aumentaba el de otros dentro del mismo gobierno. Los Montoneros y el ERP hacían lo suyo, la situación parecía insostenible y de pronto los Militares. A pocos sorprendió esta intervención, lo que si sorprendió fue la saña con que Estos la emprendieron contra los medios, la cultura, los intelectuales o sea contra el pueblo. Ya nadie hablaba, nadie debatía, nadie se reunía, por todos lados reinaba el silencio, el miedo. El cuadro es de una simple composición, una guitarra criolla con las cuerdas rotas y una cinta argentina bastante deteriorada atada a la clavijas se encuentra en una celda sin límites y los barrotes de la ventana son proyectados sobre la guitarra por el sol. Ese sol y ese cielo tan lejano como la libertad. Todo el conjunto pretendía representar la voz de la gente, la voz del pueblo, esa voz que se encontraba presa. Este cuadro tiene una historia de desaparición y fortuita aparición 30 años después, que está muy bien narrada en un cuento de Oscar López que también se encuentra en esta página. Todos los personajes, nombres y situaciones narradas son reales. Los invito a leerlo.
Retrato del horror. Por Oscar Raúl López
La sala donde se exhiben los cuadros es fría y vieja, pero hay un calor que parece abrigar las distintas historias que cada obra guarda en su interior. Mis ojos se posan en un caballo fuerte, musculoso, y los olores de la isla llenan el salón vacío de almas. Puedo sentir la respiración furiosa del animal, el cuchicheo incesante de juncos en el vaivén meticuloso que le propone el viento y a lo lejos, el arrullo moribundo de las aguas. No sé de pintura, pero la sensación de que el caballo, va sacudir la cabeza en cualquier momento y comenzará un galope intempestivo, me exime de cualquier comentario. Pienso en ese extraño don del artista, esa capacidad de arrancarle imágenes a la naturaleza, para inmortalizarlas en un lienzo, sin más argumento que su memoria, sin más herramientas que sus manos y sólo se me ocurre una definición: es una foto captada por la lente de un Dios, que vanidoso, le da genialidad a las manos del artista para que pueda revelarla al mundo, y así, todos admiren la grandeza de su creación. Continúa...
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